La primavera en el Valle del JerteNos fuimos el 30 de marzo en buena compañía cuatro amigos, no, amigas mejor dicho, porque tuvimos muy en cuenta en nuestro viaje la reivindicación de nuestra parte femenina, y así íbamos insistiendo muchas veces, no es algo acostumbrado en esta sociedad hacer este tipo de manifestaciones y así nos miraban de soslayo algunas huéspedes del Albergue al que fuimos. Allí estábamos Paz, José, Alejandro y yo.
Como parecía que íbamos bien de tiempo y Villafáfila estaba casi en el camino, hicimos una primera parada. Allí encontramos, entre los palomares, algunas especies orníticas y unas ornitólogas. Tarros blancos, patos cuchara, espátulas, una garza, cernícalos primilla, cogujadas, gaviotas reidoras… fue lo que vimos. Por el camino se os hizo de noche y llegamos a través del valle de Ambroz a El Torno, un pueblo con mucho encanto, donde aún se conserva buena parte de la arquitectura tradicional y que es como un balcón sobre el Valle del Jerte. Íbamos viendo entre la oscuridad los cerezos floridos al lado de la carretera, lo cual nos ilusionaba para el día siguiente. En el albergue cenamos en medio del bar que tiene, con un ambiente muy animado y pronto nos fuimos a dormir en una habitación de literas muy prácticas y cómodas.
El desayuno es de autoservicio. Por El Torno nos compramos lo necesario para unos bocadillos y nos fuimos a la ruta de la Cascada del Caozo, que sale del pueblo de Valdastillas, muy guapa de hacer, camina entre multitud de cerezos floridos, con espacios donde también se adentra entre preciosos bosques de rebollo, algunos de buen porte y altura y adornados con multitud de líquenes. Tras unas horas que no contamos llegamos a la cascada del Caozo, de notable anchura y veinte metros de altura, muy concurrida ya que la carretera llega hasta sus proximidades.
En ese día teníamos previstas tres rutas, como ya era la hora de comer barruntábamos que igual no las haríamos todas, dado nuestro andar calmo, pendiente de disfrutar de lo que nos rodeaba y de la compañía. Así que nos fuimos a la que se anunciaba más espectacular, la Garganta de los Infiernos, al llegar allí casi nos arrepentíamos, dada la multitud de gente en el inicio, la senda se notaba concurrida por la erosión de la senda que hace la ruta. Al poco de iniciar nos separamos de la ruta principal por un camino que conducía al río para comer. No pudimos acceder al río dado que en medio había una finca vallada y que cortaba el paso, entre nosotros nos decíamos que había que denunciarlo, quién nos diría minutos después que cambiaríamos radicalmente de opinión… Una perrina nos acompañó en el almuerzo pidiéndonos su parte. Ya concluido volvimos por el camino y nos encontramos con el dueño de la perrina, relajado junto a una cabaña, intercambiamos unas palabras, era también el propietario de la finca y el vallado, a quien alabamos el esmero en su cuidado del entorno que cierto era, nos caímos bien y él nos invitó a entrar en su cabaña y nos enseñó su finca. Samuel se llamaba, era profesor de la Universidad de Extremadura, se dedicaba a formar ambientalmente a los futuros profesores de secundaria y era miembro de ADENEX, la principal organización ecologista de la tierra, era un apasionado de su tierra, realizó una labor durante años para restaurar los terrenos donde pasaba mucho tiempo libre, habilitando el ambiente de la antigua gente que vivía de su tierra, el pastizal junto al río, sus cabañas, construyó un chozo que aquí llamaríamos teito o cabana (de techo vegetal utilizado por los pastores) y creó una laguna donde había un montón de ranas jóvenes recién surgidas de renacuajos. Su cabaña estaba poblada dentro por salamanquesas, decía que eran el mejor medio para mantener a raya los insectos y carcomas del sitio.
Nos volvimos a incorporar a la marea humana a la Garganta de los Infiernos y nos fuimos a un sitio llamado Los Pilones, el objetivo de la procesión, era un lugar del río donde la erosión sobre la roca granítica había formado grandes ollas o pozos, con una morfología y colorido que les conferían especial belleza.
Concluimos el día de ruta por el Jerte, no sin antes comprar algún recuerdo, Paz y José se llevaron dos plantas de cerezo-picota, rivalizando luego por el camino sobre quién tendría en el futuro su cerezo más espléndido y bonito. Y nos tomamos algo en Navaconcejo (que no es lo mismo, es sabido, que concejo de Nava).
El día siguiente nos levantamos pronto para encontrarnos con Isabel, compañera de ruta en La Corra y natural de Salamanca, que muy cordial se ofreció para enseñarnos Candelario y sus alrededores, localidad próxima a Béjar y en el sur de Salamanca. Salimos del Valle del Jerte por el puerto de Tornavacas, desde el cual nos paramos para echar una última mirada al valle de cerezos en flor.
Nos encontramos en Béjar con Isabel y su amigo y nos fuimos hacia Candelario, en un principio iríamos andando pero dado que de vuelta nos volvíamos en autobús desde Salamanca estábamos justos de tiempo. Candelario es un pueblo que conserva con mimo su arquitectura tradicional, con muchos detalles en sus casas, muchas de grandes piedras labradas en torno a sus puertas y ventanas, ventanas grandes para permitir la ventilación y la curación de sus embutidos, famosos por su excelente calidad. Muchas de las puertas estaban protegidas por las llamadas batipuertas, con funcionalidad diversa, ayudar a la matanza, proteger de las nevadas, etc. Al lado de la entrada suele haber una argolla para amarrar a los gochos que se sacrificaban a la puerta mismo. Muchas de sus calles cuentan con canalizaciones al descubierto por las que cruza un buen caudal de agua procedente del deshielo de las montañas, la zona, sin ser Asturias, cuenta con una pluviosidad anual bastante similar.
Nos avituallamos en el pueblo con embutido, queso, sino y dulces para la comida y nos fuimos de visita por los alrededores, por los lugares favoritos de Isabel, como La Dehesa, un bosque de preciosos rebollos Quercus pyrenaica, de gran porte y altura, algunos de ellos de perímetro considerable, seguramente centenarios, fueron dos días de interés ornitológico, vimos por La Dehesa nidos de avión roquero en unos establos y, por segunda vez, trepador azul, para las asturianas que íbamos este pájaro era desconocido.
Terminada la ruta nos dispusimos a comer, bajo los rebollos y a la vera de un río. Isabel nos invitó a un manjar típico de Salamanca, el hornazo, que estaba riquísimo, lo juntamos con toda la comida que conseguimos en Candelario, los embutidos y el quedo de cabra estaban deliciosos, junto a los dulces y el chocolate de la tierra. Con tiempo para volver en el autobús, hicimos otra pequeña ruta que terminó junto a un río en un entorno de extremado sosiego. Nos despedimos de Isabel y su amigo que hicieron de espléndidos e inolvidables anfitriones. Mientras salíamos de Salamanca empezó a llover copiosamente, volviendo a demostrar, una vez más, que el tiempo meteorológico es un aliado en nuestras salidas de La Corra.

Palomar en Villafáfila

Observando la laguna de Villafáfila

El Valle del Jerte desde el puerto de Tornavacas

Cerezos en flor y el pueblo de Valdastillas

El grupo en ruta hacia la cascada de Caozo

La cascada de Caozo

El chozo de Samuel

Los Pilones, en la Garganta del Infierno

El grupo en Candelario

Por la dehesa entre rebollos, guiándonos Isabel

Paz junto a un rebollo
Quercus pyrenaica de notables dimensiones