DISFRUTANDO DE LOS MOMENTOS, CON EL PICU HIBÉU COMO PRETEXTO…Sólo partimos tres personas de Llamaquique a la salida senderista, pero animadas y con muchas ganas de disfrutar del día. Aparcamos junto a la iglesia de Villanueva, estaban dentro en misa, muy coqueta ella y con una amplia área recreativa alrededor, con una pradería estupenda para pasar el día, juntarse a comer, disfrutar los guajes o a tumbarse a disfrutar como hicimos a la vuelta. Después de orientarnos por dónde estaría el camino elegimos este, al principio con dudas pero después definiendo y asegurando la senda, a veces interrumpida por toxos y escayos que poblaban la ruta. Nos encontrábamos con alguna cabaña en la que nos imaginábamos ir a vivir, comparándonos con Francine, a la que fuimos a ver dos días antes en su documental proyectado en el palacio Valdecarzana de Avilés.
Tras más de una hora de camino, en la subida por la ladera que accede a la crestería que comunica con la cumbre del picu Hibéu, nos pusimos a pinchear con la compañía de una animada charla. Nos dimos cuenta que la niebla bajaba y nos cuestionamos si seguir, insistimos en seguir la senda un poco más arriba pero como no mejoraba y hasta incluso se hacía más fría y espesa la niebla decidimos una retirada, íbamos a disfrutar y si la cumbre no daba facilidades no era cuestión de empeñarse en contrariarla. Volvimos por el mismo trayecto de subida y sin darnos cuenta en medio de la charla nos encontramos que transitábamos por un camino por el que no pasábamos antes, seguidamente una portilla nos cerraba el paso. Tras las dudas traspasamos el umbral decididamente y comprobamos después cómo lo desconocido puede guardar las más agradables sorpresas, descubrimos un insospechado, precioso y extenso bosque de castaños, entre erguidos y frondosos helechos, alguno de ellos se adivinaban centenarios por su gran grosor, nos paramos a admirarlos, tocarlos y hasta abrazarlos. No llegamos al picu pero sin quererlo y sin buscarlo encontramos una preciosa ruta alternativa. El día estaba generoso y cerca del punto de partida encontramos una zrezal abarrotada de cerezas piquiñiñas pero muy sabrosas, con tuperware en mano nos pusimos a recolectar el manjar que se nos ofrecía prodigiosa y gratuitamente. Con tal vianda y las que ya nos traíamos nos dispusimos a comer al lado de la iglesia, tras disfrutar antes del contacto relajado y deliciosamente perezoso con el suelo de hierba.
Seguimos disfrutando de la tarde buscando el complemento montañero en la costa cercana, recolectamos arfueyu a la salida de Villanueva y que se emplearía para la limpieza energética de una casa rememorando el simbolismo mágico que guarda esta peculiar planta sin raíces desde los tiempos de los druidas celtas. En la playa de Torimbia admiramos el magnífico paisaje de la costa oriental asturiana y nos preguntábamos cómo los parapentistas evitarían el que una corriente indómita los llevase camino de Irlanda. Parada para reposar y tomarnos unas infusiones. Y un último recorrido hacia la playa La Güelga, donde coincidía la bajamar y andando por el arenal descubrimos el imponente y misterioso islote obra de la arquitectura natural, de guapo nombre, Castru Les Gaviotes, donde pedimos una ayuda para hacer una foto del grupo. Al salir de la playa nos encontramos con unos ingleses que querían ver la playa cercana de Gulpiyuri, éramos un grupo pequeño pero valíamos para todo, así que les ayudamos con su propia lengua. Ya nos volvimos con un poco de cansancio pero con mucho contento de todo lo que habíamos disfrutado y compartido.

Cabaña construida bajo la pared de una ladera

Cascada hallada en la ascensión al picu Hibéu

Castaño centenario

Foto del grupo en la playa la Güelga, al fondo el isolte El Castru Les Gaviotes